¡Ana no podía creerse lo que estaba viendo!: todo el mundo se había quedado parado al mismo tiempo, como si formaran parte de una película de DVD, y alguien hubiera apretado el botón de PAUSE del mando.
Y no sólo eran las personas, si no que ¡TODO estaba parado!: los coches, la gente de la calle, el viento, y los pájaros, que estaban flotando en el cielo, como si fueran pinturas en una pared azul cielo.
-¡Debo estar soñando! ¡Esto no puede estar pasando! - pensaba Ana, mientras bajaba los escalones que daban al jardín.
Se paseó por entre la gente, teniendo cuidado de no tocarlos. Había algunos con unas muecas muy curiosas, como cuando le haces una foto a alguien desprevenido, que además está comiendo o está hablando con alguien.
Estuvo a punto de tocar a alguien, pero le daba miedo que cayera como una estatua, y se rompiera algo. En su lugar, tomó un vaso, lo levantó y lo soltó, para ver qué pasaba con los trozos cuando se rompía. ¡Pero al dejarlo, el vaso se quedó flotando en el mismo sitio! Entonces lo volcó, para que cayera el agua que contenía, pero era como si estuviera helada, y no se movió de su posición original.
Tras dejar el vaso en su sitio, se quedó de nuevo mirando a sus amigos, y se preguntó cómo había ocurrido eso, y cuánto tiempo duraría. Y en ese momento, notó de nuevo en la otra mano el reloj del abuelo. Recordó que la última cosa que había hecho cuando todo era normal era apretar sin querer uno de los botones. Levantó la palma de su mano, con el reloj encima. El cristal seguía brillando suavemente con una luz rojiza. Sin pensarlo dos veces, apretó de nuevo el botón. De repente ¡Todo volvió a la normalidad! La gente se movía de nuevo de un lado a otro, los coches volvían a circular, el viento movía de nuevo las hojas de los árboles, y los pájaros seguían su vuelo.
Miró a su alrededor, para ver si alguien se había sorprendido de que apareciera en el jardín de repente, pero nadie parecía haberse dado cuenta.
Satisfecha y aliviada de haber solucionado el problema, se guardó el reloj en el bolsillo de su pantalón, y siguió atendiendo a sus amigos.
Pasó la tarde, llegaron las 8 de la tarde, y todos se habían ido a sus casas. Bueno, todos no: sus amigas Laura, Lola y Paula se habían quedado de nuevo para ayudarla a recoger todo. ¡Suerte que la gente había conservado el mismo vaso y plato, con su nombre escrito a rotulador! Si no, habrían tenido que llenar varias bolsas de basura más. Mientras tanto, sus hermanos Alex y Cristina se peleaban para ver quien de los dos estiraba cada una de las pancartas, o bien petaba más globos.
Eran las 10 de la noche, y Ana estaba agotada, sentada en una butaca del jardín. Llevaba despierta muchas horas, pero no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Era tan increíble que nadie la creería...¡a no ser que se lo demostrara! De repente, oyo unos pasos que se acercaban por detrás:
-¡Hola Ana! ¿Que tal ha ido la fiesta?-.
Era su abuelo. Ana se levantó, le dió un abrazo y le dijo:
-Abuelo, no he cumplido mi promesa, y he entrado en tu taller-.
- Ya lo sé, Ana, y creo que tienes algo que es mio, ¿no? - contestó el abuelo sonriente, y extendiendo la palma de su mano hacia ella.
Ana le dió el reloj, avergonzada por no haber sido capaz de cumplir su palabra. No sabía si decirle lo que le había pasado, ni cómo contárselo. ¡Era tan increible!
- ¡Vaya, vaya! - dijo el abuelo mientras revisaba el reloj - Veo que lo has usado, pequeña. ¡Bien! Pues ya que te has adelantado algunos años, no me queda más remedio que contarte un secreto familiar, que se ha pasado de abuelos a nietos desde hace muchas generaciones.
Esta vez fué Ana la que se quedó de piedra. ¡Aquel había sido el día más increíble de toda su vida!
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